domingo, 3 de enero de 2016

Boceto 2

Habían pasado horas desde que se durmieron. Tenía aun sueño, pero tenían que ir rápidamente a la famosa basílica colegiata de la señora de Guanajuato. Fue poniendo todo el “equipaje” cerca de la puerta; las maletas de Yaretzi y Abi, el armamento y algunas provisiones, ah y los libros de Yaretzi, aunque no entendía para que llevar libros. Regreso hacia la habitación donde las chicas dormían plácidamente. Eran ya la 1:00 a.m., ningún condenado yacía por la calle aunque había tomado ciertas medidas por si acaso. La música rock alejaba aún más a aquellos seres. Que agradable fue saber que podía reproducir lo más alto posible sus canciones de Sex Pistols, The Ramones, Metallica (aunque eso metal y solo repetía mil veces unas tres canciones de ellos. The thing that should not be, The Unforgiven y Wherever I may roam), Radiohead, The Strokes, Yeah Yeah Yeahs, Linkin Park, Smashing Pumpkins, Metric, a sus amados The Smiths y obviamente rock nacional. Caifanes, Enjambre, Zoé, La Gusana Ciega y demás bandas. Se cubrió la cara de nuevo, tratando de no respirar ese aire contaminado que era cada vez más pesado. Tenía miedo de lo que pasaría con ellos. Eran muchos riesgos y a ciencia cierta nadie sabía cómo estaba todo. Entendía que aquel gobierno mundial había experimentado con los condenados tratando de hallar una solución al problema que habían creado, ya que no solo habían contaminado el agua con veneno que hacía que el cerebro de las personas se volviera papilla, sino que ese veneno lo habían modificado en cada región del planeta. Cada que Alejandro podía escuchar el radio, y claro cada que se podía escuchar era sabido que en China, el veneno que habían utilizado hacia que las personas sangraran sin motivo; en Italia, al tomar el agua, la gente empezaba a quedarse literalmente seca; en Chile las personas se fusionaron con los elementos, había personas que podía decirse, se habían convertido en La Mole, otros que parecían náyades de rio, pero que al tocarlas, la muerte del que lo había tocado era muy desagradable, había otros que parecían estar bien pero que en algún momento a otro podían quedar hechos cenizas y al último aquellos que podían desaparecer si el viento era demasiado fuerte, se convertían en humo negro. No le había dicho nada de eso a Yaretzi, sabiendo que quizá ella tendría miedo, aunque así como la conocía sabía que ella más que miedo, tenía odio hacia todos ellos por haberle arrebatado a su familia y si se llegaba a enfrentar alguno (como ya muchas veces lo había hecho) no se detendría hasta que de verdad fuera el fin para aquel condenado que se cruzaba por su camino.
Fue por la botella azul de plástico que contenía su agua. Ya solo esperaba que las chicas cerraran todas las ventanas.
-¿Ya? Está todo listo para irnos. Tenemos que ir llevando las cosas a la iglesia para poder irnos por mucho a las 2, y llegar a Querétaro lo más rápido posible.
Abigail estaba abrigada a más no poder; debido a que el sol no daba el calor necesario y su luz era muy tenue, el frío era desolador cada noche. La pequeña caminaba como un pingüino con la gruesa chamarra que le había puesto su hermana, bufanda y gorro color morado, ya que ese era el color favorito de Yaretzi y Abigail aceptaba gustosa todo lo que tuviera que ver con su hermana. Yaretzi salió de la habitación con su chamarra morada, botas moradas, gorro  de lana con forma de gato y guantes. No parecía que fuera a viajar, parecía que iría de paseo al polo norte. Alejandro trato de no reír al verlas como unos gatos siameses color morado ya que Abigail también llevaba un gorrito con orejas de gato.
-¿Se puede saber por qué tu no llevas suéter? –pregunto Yaretzi al momento en que se ponía los lentes morados y enarcaba una ceja curiosamente.
-Sencillamente porque no tengo frio, gato pulgoso –dijo Alejandro mientras cargaba una mochila y volteaba a ver a Abi, que abrazaba fuertemente a Cookies, su gata de peluche.
-¿Lista para irnos Abita? –la pequeña volteo a ver a Yaretzi que le dedico una sonrisa.
-Sí, pero, tengo miedo
-Yo estoy para cuidarlas, tranquila –el chico doblo sus piernas para estar a la altura de la cara de Abi y poder verla a los ojos- No pasara nada bonita. Yo las cuidaré de los malos –Abi sonrió al ver la gran sonrisa que Alejandro le daba.
-Haremos esto –Alejandro se levantó y vio a Yaretzi que se acomodaba otra mochila en los hombros- yo me iré primero y dejare las cosas. Te avisare que todo está bien por nuestro comunicador- señalo un vaso de unicel que estaba en una ventana. Habían hecho una campana con hilo y vasos- sino funciona, pondré a todo lo que da Radioactive y sabrás que todo está bien.
Yaretzi afirmo con la cabeza y abrazo a Alejandro.
-Prométeme que tendrás cuidado.
-Lo haré, quédate aquí, recuerda que ellos buscan la luz, no tengas miedo- el chico la soltó y salió hacia la densa oscuridad de la noche.

Alejandro saco de la mochila su chamarra roja del equipo de hockey de Calgary y empezó a caminar por aquellas calles empedradas y angostas. Los condenados por lo regular se escondían en lugares grandes e iluminaban el edificio que parecía una gran supernova, así atraían a la gente que llegaba en búsqueda de su familia, era como una trampa para mosquitos, la gente llegaba con la esperanza de que la luz alejara a los condenados, cuando era todo lo contrario. Él siempre evitaba pasar por la universidad de Guanajuato, la alhóndiga de granaditas, el teatro Juárez y algunas casonas que siempre estaban iluminadas. Suponía la razón del porque estaban iluminadas. La luz los hacía sentir de nuevo vivos o algo así y la luz que irradiaban los focos hacia que ellos se sintieran más capaces para atacar. Corrió un buen tramo hasta que sus pulmones no pudieron más. Volteo a verificar si nadie lo seguía y pudo ver algo que le hizo querer estar de nuevo encerrado en casa con Yaretzi. Un condenado se veía más fuerte que los demás y desde donde Alejandro estaba se apreciaba como ese ser devoraba a un condenado y su apariencia cambiaba, haciéndose ver más fuerte y la pigmentación de sus ojos se tornaba roja, agregando a eso que ese ser podía estar bajo la débil luz de la luna… Alejandro se quedó quieto observando como la transformación de aquel condenado era cada vez más sorprendente, su piel emitía un brillo plateado cuando se puso bajo la luz directa de la luna. Aquel ser avanzo al lado contrario de donde yacía Alejandro que moría de miedo. Vio que el condenado corría como un lobo en búsqueda de su presa y le dio miedo saber que ahora, la mutación fuera igual que un libro de terror. Camino con sigilo hasta llegar a la iglesia, verifico antes de entrar que sus trampas no habían sido alteradas por algún condenado que se hubiera acercado, pudiendo entrar con seguridad. Quito algunas trampas y entro, busco las llaves de la Cadillac que habían robado con pistola en mano teniendo pánico por aquel condenado que se había transformado en “zombi lobo”. Llego al auto y abrió la camioneta dejando en el asiento trasero la mochila, encendió la radio que solo dejaba escuchar estática. Suspiro y tomo aire, tenía pavor al pensar que ese viaje solo fuera una mala idea salir de Guanajuato a ir rumbo al DF con un destino incierto. Estaba arriesgando la vida de Yaretzi y de Abigail, pero también quería que ellas encontraran a su hermano. Puso las manos en el volante y apretó fuertemente hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Inhalo fuerte y tomo el disco “The Rounds of The Smiths” sabía que tenía que poner “Radioactive” de Imagine Dragons pero con lo que había visto le daba miedo que los condenados fueran “radioactivos” así que eligió su canción favorita “How soon is now?” poniéndola en el máximo volumen y empezando a cantar.


Yaretzi esperaba escuchar la música de Alejandro. Abigail jugaba con su gata de peluche mientras comía galletas. No escuchaba nada en la calle, Alejandro no había accionado el hilo y tampoco daba señales de vida. Le sorprendió escuchar un aullido fuera. Abigail corrió a abrazarla fuerte.
-¿Que fue eso? Que pasa Yaretzi? Aquí no hay lobos…
-Quizá uno vino, tranquila- Yaretzi negó y pudo escuchar de nuevo el aullido y fue a la ventana. En la calle estaba un condenado aullando a la luna. Eso era imposible, eso significaba que ahora aquel veneno podía mutar en otra cosa totalmente diferente. Le sorprendió ver como aquel condenado corrió igual que aquel mamífero que imitaba. Su corazón se detuvo un instante al ver que el hombre lobo volteaba la cabeza frenéticamente en búsqueda de una presa nueva pues a lo lejos se escuchaba Rock the Casbah. El condenado se tapó los oídos fuertemente para no escuchar ese sonido estruendoso que se oía a lo lejos, rápidamente desapareció dejando una estela de brillo plateado tras de sí. Pudo ver como la camioneta llegaba estacionándose.
-Abi, bajare a dejar las cosas y subiré de nuevo. No tengas miedo. Solo iré abajo y regresaré, después ya podremos irnos. Sé paciente –Yaretzi sonrió y cogió la maleta donde estaban todas las armas y salió del departamento rápidamente, corriendo por el pasillo hacia la escalera, agradeciendo vivir en el segundo piso y no el cuarto. Bajo y salió hacia la calle para ver que Alejandro anotaba algunas cosas y le ayudaba a poner la maleta en la parte trasera de la camioneta. Acomodaron las 3 cajas de víveres, la maleta con las armas.
-Faltan las 2 maletas con ropa y las demás cajas de comida, mis libros y nada mas- Yaretzi subió de nuevo y bajo con la maleta de Alejandro y su ropa, y así fueron cuatro veces de subir y bajar hasta que por fin tuvieron todo listo. Abigail bajo con cuidado las escaleras abrazada de Alejandro pues se había quedado dormida en el tiempo que habían ocupado para bajar todas las cosas. Dejo a Abi en el asiento trasero junto a su mochila cubriéndola con su frazada de Winnie Pooh.
-Tu hermanita es demasiado tierna. Y pequeña- dijo él al subir al auto y voltear a ver como Abigail se acomodaba en el asiento.
-Abi es mi fortaleza, necesito cuidarla siempre. Es como mi bebé y protegerla es mi misión.- respondió Yaretzi y se ajustó el cinturón de seguridad. En ese momento ella estaba feliz de haber conocido a aquel sujeto tan extraño que le salvaría la vida varias veces y con el que ahora emprendería una de las aventuras más cruciales de su vida. Ambos habían modificado la camioneta totalmente, haciéndola ver más como un tanque militar que como una bella y presumida camioneta Cadillac. Estaba feliz por eso y sentirse un poco más protegida dentro de ese súper auto.
Alejandro tomo la mano de Yaretzi soltándola después para dar vuelta a la llave para así encender el auto e irse de ahí, sin saber todo lo que se les presentaría en un camino sin retorno y quizá sin final.


Acababan de llegar a parte de Querétaro, Yaretzi temblaba de frío y observaba aquellos condenados que recorrían parte de la carretera, habían optado ir por terracería puesto que todas las carreteras estaban atestadas de autos abandonados por sus dueños al avanzar las hordas de zombies. Eran las 8 de la mañana, tenían que estar ahí buen parte de tiempo hasta que los condenados se retiraran en mayoría, no quería gastar las municiones que tenían. Aun cabía la esperanza de poder encontrar a su hermano vivo. Saco una revista de la mochila y empezó a leer sobre las últimos vestigios prehispánicos de El cerrito, que se encontraba en Querétaro, parte de la cultura Otomí, suspiro al ver que su hermana seguía abrazada a Alejandro por el frio que hacía. Siguió leyendo y después reviso el mapa que aún faltaba por recorrer. Tenía que hacer una inspección por el lugar, pero no podría hasta que todo fuera oscuro. Doblo el mapa suspirando al saber que serían 3 o 4 días más de viaje. La carretera estaba repleta de autos abandonados, lo cual por una parte aseguraba que encontrarían comida. Estaba segura que encontrarían una gasolinera y ella pudiera quizá bañarse… Suplicaba por encontrar aunque fuera agua contaminada (Contaban con su mágico filtro, alabado era Alejandro) Observo como esos seres caminaban y de verdad le dio asco. Ya eran las 9:30, necesitaba dormir si en la noche irían a recorrer.


En punto de la 1:00 a.m. Alejandro despertó. Tenía su bocina portátil para ir ahuyentando a todos aquellos que se interpusieran en su camino. Yaretzi y su hermana estaban despiertas desde hacía media hora antes. Ambas se habían puesto aún más bufandas por el frio que quemaba. Llevaban ya su mochila con el filtro, jabón y ropa, sin agregar que también llevaban municiones para las armas que llevaban. No se veía a nadie por el lugar, pero no había que confiarse en absoluto, después de ver a los condenados cambiar radicalmente… Abi, con miedo, sujeto fuertemente la mano de Alejandro y con la otra, sujeto el palo de béisbol que sabía muy bien manejar. Yaretzi abría el camino por la carretera buscando los baños y de paso provisiones. Reviso el primer auto cantando Borderline, dio un brinco al ver como un ratón salía de ahí. Nada. Solo sangre y olor a muerte. Tomo todo el aire posible para poder continuar y dejar de ver aquel cuerpo putrefacto que yacía en el asiento trasero del auto. Tenía que ser fuerte, fuerte por todos. No podía dejar de serlo. Les indico que avanzaran mientras veía hacia todas partes, sonrió al sentirte toda una espía o algo así al ir caminando como gato. Recordó las películas del 007, solo que está vez no se enfrentaban a los chicos malos ni habría tampoco rayos laser apuntando para cortarte en dos, te comerían viva. ¡Ay que lindo! Siguió caminando hasta divisar la gasolinera, también robarían un poco de combustible, por si acaso. Al ver más de cerca suspiro e hizo una mueca. Condenados. ¿Cómo los malditos sabían que la gente necesitaba suministros? Dio media vuelta para ver la cara de fastidio de Alejandro. Y ella que se moría por comer algo y tener un aseo. El chico miro la escopeta que llevaba en mano y negó. No, eran demasiados para ellos dos. Por lo visto, tampoco había mucha esperanza a la redonda. Sin embargo, escucho a lo lejos una de sus canciones preferidas de siempre.  Deja de conecto de Zoé lo que hizo que se partiera de risa. Eran aproximadamente 10, y ellos de verdad sabían que era ocupar todo lo que tuvieran al alcance, aunque lo que más le hizo reír fue una cosa. El que parecía ser el líder, tocaba los riffs de la canción con una hermosa guitarra Fender color rojo. Alejandro negaba con la cabeza mientras se acercaba a ella y decia: -Están tocando mal, ¡acaba de tocar mal esa nota! –y echo a correr soltando a Abi y así poder apoyarlos. No iba a ser una tranquila noche, de eso estaba segura.























Los chicos, porque en su mayoría eran jóvenes, aventaban jarrones, platos, vasos, muchísimas cosas para ahuyentar a aquellos que se retorcían de dolor. Fue cómico ver como Alejandro accionaba el rifle y apuntaba a diestra y siniestra a todo ser maldito que se le acercaba. Tiraban varias bombas molotov pero al no funcionar, hicieron estallar una granada. De inmediato pensó que habían firmado su acta de defunción pero al ver que estallaba un auto aledaño y todos esos seres acudían hacia las llamas, respiro tranquila.  Cuando bien esos seres ya se habían muerto, Yaretzi avanzo con cuidado tomando a su hermana de la mano. A Abigail no le daba asco ver los cuerpos regados como si nada, pero le daba pavor los ratones. Caminaron hasta llegar con Alejandro que reía con los que ahora eran cerca de 50 personas. Una chica de cabello largo color castaño se acercó a ellas sonriendo.
-Hola, soy Caty, nosotros estamos como guardias de esta gasolinera, hemos querido salir de aquí pero, a veces, algunos forasteros quieren ir, supongo al D.F. y son atacados por esos –señalo con la cabeza a un condenado que se retorcía, saco un revolver y de un tiro, el condenado dejo de moverse- así que nosotros los apoyamos para que puedan seguir su viaje –se acuclillo y le sonrió a Abi que no soltaba a su gato de peluche- ¿necesitan víveres o un baño? No tenemos agua… Pero víveres si –se levantó sin dejar de sonreír- síganme.
Yaretzi vio a Abi que observaba a todos, parecían tranquilos y amigables. Alejandro entablaba conversación sobre música y les enseñaba diferentes riffs. Le hizo señas para que las siguiera pero su plática era más entretenida. Siguieron a Caty a lo que era la gasolinera, ellos habían construido. Entraron y lograron ver varios camastros, cobijas expandidas en el piso, armas caseras, y muchísima comida. Caty les dio a ambas dos cajitas de leche y unas galletas.
-¿Sabes Caty? Nosotros podríamos ayudarles también… Alejandro, mi amigo el que está allá presumiendo sobre como tocar correctamente una guitarra Fender –al decir eso, Yaretzi se ruborizo- tiene un aparato que es de fácil ensamblaje y no pesa para que puedan llevarlo a demás partes.
Caty sonrió un poco y le ofreció a Abi que se recostara en una cama; Abi sin dudarlo, subió a la cama y se acobijo.
-Querétaro, no quedan muchos sobrevivientes. Nosotros y otros tres grupos somos los únicos que quedamos, los condenados de aquí… -Caty tomo aire fuertemente- han mutado y cuesta más trabajo matarlos, ya viste a estos, estaban esperando algún sonido, alguna luz para atacar, soportan el brillo lunar, todas las mañanas parte un equipo en búsqueda de sobrevivientes y por mas víveres, pero nada. Los otros grupos que conocemos están en la capital y otro que nos pertenece esta a 6 kilómetros, sobre esta carretera. Les avisaremos para que les ayuden. –Volteo a ver como Abigail se hacía un ovillo- dices que pueden ayudarnos, ¿de que hablas exactamente? –al terminar esa frase, los chicos que yacían afuera entraron. Los pudo contar con detenimiento y eran 15 chicos y 17 (contando a Caty) chicas. Tenían entre 18 y 26 años aproximadamente. Alejandro entro tras de ellos sonriendo, se acerco a Yaretzi rápidamente.
-Estos chicos son geniales Yari! ¿Viste como matamos a los condenados? ¿Podemos llevarlos?- dijo entusiasmado por la simple idea de que aquellos guerrilleros les hicieran compañía en su viaje.
-Exactamente de eso hablaba con Cat- en el instante la chica saludo moviendo frenéticamente su mano- ellos conocen otro campamento cerca, a 6 kilómetros, les avisaran que vamos para que nos ayuden, pero, quería ayudarlos a ellos también de alguna manera –Alejandro la miro como intuyendo a que se refería y se dirigió al chico que llevaba la guitarra y el amplificador.
-¿René, tienes aquí todo ese material que te mencione? –el chico llamado René rápido fue al fondo de aquella bodega y regreso con bastante cosas en las manos, se los entregó a Alejandro acompañado de una planta de luz. Alejandro salió y regreso con su soldadora y empezó a trabajar mientras todos veían embelesados como ese material se convertía en una cajita practica y de tamaño regular. Pasadas 3 horas y varias platicas después, Alejandro acciono el filtro.
-Bien, esto les servirá para filtrar el agua. No la utilicen demasiado o pueden llegar a sobrecargarla. Por lo visto han querido bañarse pero por lo mismo del agua contaminada no han podido, por habernos ayudado, esta es nuestra manera de agradecerles –los habitantes de la bodega no sabían cómo reaccionar, aparte de que el sol ya estaba saliendo y ya no podían gritar ni hacer demasiado ruido a pesar de que los condenados que rondaban no se acercaban mucho, debido al ataque de la noche anterior.
Las chicas salieron sigilosas hacia los baños, donde acarrearon agua para poder asearse un poco después de tanto tiempo. Yaretzi estaba cansada sin saber porque, así que espero a que sus nuevos amigos pudieran disfrutar de algo que se les había sido arrebatado cruelmente.








Cuando despertó, vio que entre los 32 habían creado un baño con todo y drenaje. El tiempo que tardaba en filtrarse el agua les había servido para ingeniárselas en como poder hacer que el agua saliera sin estar haciendo ruido ni salir tanto tiempo a los baños de la gasolinera.



Boceto 1

El gran fin.
Xóchitl suspiro. Parecía que últimamente era lo único que sabía hacer.                Todo iba mal o al menos así iban las cosas. Se levantó del piso frio del que fuera su departamento repleto de libros hasta el tope del techo; libros de historia prehispánica mexicana, culturas perdidas del Sudamérica, egipcios, griegos, romanos y demás culturas que en ese instante no importaban en absoluto.
Se acercó a la ventana a ver que sucedía. Cientos de cadáveres apestando en las aceras de su amado Guanajuato decoraban la ciudad. Cuando se había apagado el sol… Sí, eso resultaba tan gracioso y semejando aquella profecía que el sol renacería; y exactamente eso había pasado. El sol había hecho una explosión y se había apagado, ahora el sol emitía un brillo débil, menor que el de la luna. Cuando eso sucedió, Xóchitl había llegado de ir de compras al supermercado, sería un largo fin de semana haciendo el ensayo sobre el diseño de las pirámides de Teotihuacán y entonces sucedió. Un gran brillo la hizo tirarse al piso, pensó que una explosión tuvo lugar cerca y decidió esperar… Su cerebro no habría pensado que tendría que ingeniárselas más que nunca para poder sobrevivir a lo que apenas empezaba en el mundo.
Las telecomunicaciones habían cesado desde ese día, y una estación de radio muy débil emitía a veces las noticias que parecían empeorar con el tiempo. Xóchitl corrió al baño a vomitar. El olor a putrefacción siempre hacia que se la pasara en el baño. 
-Malditos bastardos – dijo ella limpiándose los labios en el baño. Tiro de la palanca e hizo que se fuera lejos aquel desayuno que tanto le había costado hacer. El agua que apareció en el váter era rosa, ese rosa que igual le daba asco. Las cosas habían cambiado desde aquel día. El gobierno único que había surgido después del apagón solar había tenido la maravillosa solución de pelear por agua… Y entre tanto para ganar la poca agua que existía, la habían envenenado pretendiendo así poder retener el líquido vital sin saber que solo empeorarían las cosas. Mucha gente termino envenenada al igual que animales y plantas, aunque algunas habían sobrevivido. Xóchitl tenía agua potable debido a aquel ingeniero, el cual aún le agradaba ver cada que podía salir sin ser atacada por aquellos sobrevivientes sedientos y enloquecidos por el veneno que corría por sus venas.
Sonrió. Vaya que no tenía ganas de hacerlo y tampoco había un porque pero al escuchar la puerta principal abrirse y escuchar a Alejandro entrar fue una razón. Alejandro era el ingeniero que ese día iría a verla si podía lograr llegar al departamento de Xóchitl. Él quería ir al Distrito Federal, ahí estaba su familia e ir solo en esa travesía, era de pensarse no solo dos veces. Salió del baño con el pañuelo azul mojado con agua de colonia de naranja. Alejandro estaba ahí, leyendo de nuevo ''Una emperatriz en la noche. Correspondencia desde la locura de la emperatriz Carlota de México, febrero a julio 1869’’, uno de sus favoritos.
-Idiota, deja ese libro en su lugar, que con esta sociedad o lo que queda de sociedad ese libro es un tesoro – dijo ella con la voz amortiguada por el pañuelo. Alexander llevaba en la cara un cubre boca blanco y una mochila cargando en los hombros. Ese día se irían al Distrito. Habían planeado tanto ese viaje con todas las posibles situaciones que pudieran tener. Los pocos recursos que aún tenían a su alcance les habían contado bastante; la pequeña camioneta que tenían guardada en una iglesia la habían robado, y no decir de la gasolina… Durante dos meses habían estado saliendo cada noche con una sartén y una raqueta en mano para robar la poca gasolina aun existente en los autos. Lo más difícil había sido la comida… Habían sido unos ladrones durante los 6 meses desde que el agua había sido contaminada y los seres humanos parecían zombis solo que estos no comían cerebros, les arrancaban el corazón y después los ojos de sus víctimas, para finalizar con el resto de cuerpo aunque disfrutaban bastante matar a los dueños antes de quitarles ese latiente órgano. Eso le causaba muchísima gracia a Xóchitl, puesto que parecía un sacrificio que la gente creía que hacían antiguas civilizaciones. Alejandro dejo el libro en su lugar y se quitó el cubre bocas, sonrió mostrando su dentadura con brackets al momento en que se acercaba a la ventana.
-Son las 10 de la mañana, los condenados aparecerán tarde o temprano, sabes que ellos aún tienen rasgos humanos- dijo eso mientras veía a través de las maderas de la ventana a unos condenados caminar como cualquier persona sana. La diferencia entre un condenado y una persona sana eran los ojos y aquellas ulceras en la piel color morado. Sus ojos, era el primer síntoma de que estaban “condenados”. Su esclerótica se volvía color escarlata y de ahí iba cambiando su tonalidad hasta estar completamente negra. Los que iban caminando ese día iban con los ojos negros. Una ventaja para los demás, era que los condenados eran algo torpes pero no por eso lentos como tortuga. Sus pasos eran cortos y pausados, aunque si varios condenados se reunían, eso podía ser el fin. El gobierno había intentado crear una cura, la cual en lugar de ayudar, había afectado aún más la situación haciendo que ciertos casos de condenados pudieran soportar más antes de matarlos definitivamente. Alejandro suspiro y vio como Xóchitl repasaba la lista de cosas que llevarían a su viaje. Cuando la gente empezó a morir, se hicieron de armas poco convencionales para poder defenderse entre ese caos. Habían robado unas cuantas espadas que habían sido ocupadas en la independencia, bolas de cañón, raquetas, sartenes, dos hoces, machetes, ácido muriático al por mayor, cloro, tijeras para podar. Asaltaron cuanta casa abierta vieron en búsqueda de comida y demás, ya que los condenados atraían a sus presas fingiendo que había casas seguras, cuando la realidad era otra. Tenían tiempo suficiente para poder dormir antes de poder escapar hacia el Distrito Federal. Xóchitl alzo la vista hacia Alejandro mirándolo fijamente tratando de recordar algo, o al menos esa expresión parecía tener.
-Trajiste los discos? No quiero andar por la carretera sin tener nada que escuchar más que tus tonterías de ingeniero – tomo una almohada y la lanzo al chico que señalaba su maleta y una mochila.
-Todo está listo para irnos a las 12 de la noche. –Alejandro miro su reloj para ver la hora y volvió asomarse hacia la ventana donde había unos cuantos condenados comiendo cadáveres en la calle y observo la tenue luz que daba el sol. –Y en lugar de dormir, tenemos que repasar el viaje. Tardaremos bastante en llegar al Distrito y aún no sé nada de mi familia, pero lo lograremos con tu sagrado cerebro –decía el chico mientras hacia una reverencia mientras se reía- y tus técnicas de cómo romperle los hue…sos a esos malditos condenados –dijo y se acercó a Xóchitl para ayudarle a doblar un mapa.  –Crees que en el DF este más controlado conforme a los condenados? – Xóchitl dio un respingo y empezó a reír.
-Estás loco, verdad? Allá estará peor. Quizá un poco controlado, imagino –dijo al ver el rostro de espanto de su amigo – O sea, allá esta la central y debe estar mejor que aquí
El chico hizo una débil sonrisa y fue a la habitación. Xóchitl pensó en que era mejor no tener esperanza y así no llevar una sorpresa desagradable. Ella sabía que era perder a su familia, aunque había corrido con la suerte de tener aun a alguien a quien aferrarse y no darse por vencido. Su hermanita Abigail. Habían asesinado a su familia cuando ellos regresaban de Celaya. La pequeña Abi de 8 años había visto como unos condenados mataban a su padre y madre mientras ella y su hermano mayor huían para no ser devorados por una horda de condenados que avanzaba hambrientos de carne fresca.
Santiago, su hermano mayor se había ido con el ejército de nuevo. Él era coronel y al no saber so volvería decidió dejar a Abigail a cargo con Xóchitl. Así que solo eran ellos dos. Desde aquel día no habían tenido noticias sobre él. Xóchitl fue hacia su habitación por las últimas cosas faltantes. Santiago la había provisionado de armas al poco tiempo del gran apagón. Camino por la habitación hasta la pared izquierda y retiro con cuidado un poster de Lykke Li dejando ver un agujero del cual salía una cinta azul. Xóchitl jalo con fuerza haciendo que esa pared falsa se desprendiese y dejara ver armas exclusivas de la armada mexicana. Revólveres calibre .357 Magnum, pistolas calibre 9 mm, pistolas con sistema de ráfaga, escopetas de calibre 18, tres bayonetas, y una bolsa con granadas. Empezó a reír al darse cuenta que ahí estaba el gato de peluche que su hermano le había regalado cuando tenía 5 años. Era gracioso que algo “inocente “estuviese custodiando armas. Tomo el gato y lo arrojo a la cama, donde yacían dormidos Abigail y Alejandro. Fue sacando las armas con cuidado y las municiones para cada arma que tenía ahí. Sabia manejar todo ese armamento, su hermano había tenido la amabilidad de entrenarla siempre que podía verla. Suspiro cargando las escopetas para llevarlas a la sala. Dejo las armas sobre un sillón y fue a la ventana. Bastantes condenados se reunían afuera. Habían acorralado a unas personas y las estaban devorando. Tomo aire para no vomitar y volvió hacia la habitación para ir llevando las armas. Abigail estaba despierta jugando con el gato de peluche.
-Tenemos que irnos hoy, nita? –pregunto la niña que tomaba otro suéter para abrigarse. Xóchitl sonrió queriendo darle seguridad a su hermana.
-Sí, hoy nos iremos al Distrito. Así que pon tus juguetes en tu maletita rosa para que nos vayamos –La niña se levantó de la cama y fue a la otra habitación. Xóchitl se sentó en la orilla de la cama empezando a llorar por no saber que más hacer para proteger a su hermana. Alejandro se despertó y tomo su mano.

-Todo saldrá bien, tranquila. Somos más inteligentes que ellos- Alejandro la jalo para abrazarla y ella sin dejar de llorar se quedó dormida abrazada a la otra persona que tenía viva en el mundo.