El gran fin.
Xóchitl suspiro. Parecía que
últimamente era lo único que sabía hacer. Todo
iba mal o al menos así iban las cosas. Se levantó del piso frio del que fuera
su departamento repleto de libros hasta el tope del techo; libros de historia
prehispánica mexicana, culturas perdidas del Sudamérica, egipcios, griegos,
romanos y demás culturas que en ese instante no importaban en absoluto.
Se acercó a la ventana a ver que sucedía.
Cientos de cadáveres apestando en las aceras de su amado Guanajuato decoraban
la ciudad. Cuando se había apagado el sol… Sí, eso resultaba tan gracioso y
semejando aquella profecía que el sol renacería; y exactamente eso había
pasado. El sol había hecho una explosión y se había apagado, ahora el sol emitía
un brillo débil, menor que el de la luna. Cuando eso sucedió, Xóchitl había
llegado de ir de compras al supermercado, sería un largo fin de semana haciendo
el ensayo sobre el diseño de las pirámides de Teotihuacán y entonces sucedió.
Un gran brillo la hizo tirarse al piso, pensó que una explosión tuvo lugar
cerca y decidió esperar… Su cerebro no habría pensado que tendría que
ingeniárselas más que nunca para poder sobrevivir a lo que apenas empezaba en
el mundo.
Las telecomunicaciones habían
cesado desde ese día, y una estación de radio muy débil emitía a veces las
noticias que parecían empeorar con el tiempo. Xóchitl corrió al baño a vomitar.
El olor a putrefacción siempre hacia que se la pasara en el baño.
-Malditos bastardos – dijo ella
limpiándose los labios en el baño. Tiro de la palanca e hizo que se fuera lejos
aquel desayuno que tanto le había costado hacer. El agua que apareció en el
váter era rosa, ese rosa que igual le daba asco. Las cosas habían cambiado
desde aquel día. El gobierno único que había surgido después del apagón solar había
tenido la maravillosa solución de pelear por agua… Y entre tanto para ganar la
poca agua que existía, la habían envenenado pretendiendo así poder retener el líquido
vital sin saber que solo empeorarían las cosas. Mucha gente termino envenenada
al igual que animales y plantas, aunque algunas habían sobrevivido. Xóchitl tenía
agua potable debido a aquel ingeniero, el cual aún le agradaba ver cada que
podía salir sin ser atacada por aquellos sobrevivientes sedientos y enloquecidos
por el veneno que corría por sus venas.
Sonrió. Vaya que no tenía ganas
de hacerlo y tampoco había un porque pero al escuchar la puerta principal
abrirse y escuchar a Alejandro entrar fue una razón. Alejandro era el ingeniero
que ese día iría a verla si podía lograr llegar al departamento de Xóchitl. Él
quería ir al Distrito Federal, ahí estaba su familia e ir solo en esa travesía,
era de pensarse no solo dos veces. Salió del baño con el pañuelo azul mojado
con agua de colonia de naranja. Alejandro estaba ahí, leyendo de nuevo ''Una
emperatriz en la noche. Correspondencia desde la locura de la emperatriz
Carlota de México, febrero a julio 1869’’, uno de sus favoritos.
-Idiota, deja ese libro en su
lugar, que con esta sociedad o lo que queda de sociedad ese libro es un tesoro
– dijo ella con la voz amortiguada por el pañuelo. Alexander llevaba en la cara
un cubre boca blanco y una mochila cargando en los hombros. Ese día se irían al
Distrito. Habían planeado tanto ese viaje con todas las posibles situaciones
que pudieran tener. Los pocos recursos que aún tenían a su alcance les habían
contado bastante; la pequeña camioneta que tenían guardada en una iglesia la
habían robado, y no decir de la gasolina… Durante dos meses habían estado
saliendo cada noche con una sartén y una raqueta en mano para robar la poca
gasolina aun existente en los autos. Lo más difícil había sido la comida…
Habían sido unos ladrones durante los 6 meses desde que el agua había sido
contaminada y los seres humanos parecían zombis solo que estos no comían
cerebros, les arrancaban el corazón y después los ojos de sus víctimas, para
finalizar con el resto de cuerpo aunque disfrutaban bastante matar a los dueños
antes de quitarles ese latiente órgano. Eso le causaba muchísima gracia a Xóchitl,
puesto que parecía un sacrificio que la gente creía que hacían antiguas
civilizaciones. Alejandro dejo el libro en su lugar y se quitó el cubre bocas, sonrió
mostrando su dentadura con brackets al momento en que se acercaba a la ventana.
-Son las 10 de la mañana, los
condenados aparecerán tarde o temprano, sabes que ellos aún tienen rasgos
humanos- dijo eso mientras veía a través de las maderas de la ventana a unos
condenados caminar como cualquier persona sana. La diferencia entre un
condenado y una persona sana eran los ojos y aquellas ulceras en la piel color
morado. Sus ojos, era el primer síntoma de que estaban “condenados”. Su esclerótica
se volvía color escarlata y de ahí iba cambiando su tonalidad hasta estar
completamente negra. Los que iban caminando ese día iban con los ojos negros.
Una ventaja para los demás, era que los condenados eran algo torpes pero no por
eso lentos como tortuga. Sus pasos eran cortos y pausados, aunque si varios
condenados se reunían, eso podía ser el fin. El gobierno había intentado crear
una cura, la cual en lugar de ayudar, había afectado aún más la situación
haciendo que ciertos casos de condenados pudieran soportar más antes de matarlos
definitivamente. Alejandro suspiro y vio como Xóchitl repasaba la lista de
cosas que llevarían a su viaje. Cuando la gente empezó a morir, se hicieron de
armas poco convencionales para poder defenderse entre ese caos. Habían robado
unas cuantas espadas que habían sido ocupadas en la independencia, bolas de cañón,
raquetas, sartenes, dos hoces, machetes, ácido muriático al por mayor, cloro, tijeras
para podar. Asaltaron cuanta casa abierta vieron en búsqueda de comida y demás,
ya que los condenados atraían a sus presas fingiendo que había casas seguras,
cuando la realidad era otra. Tenían tiempo suficiente para poder dormir antes
de poder escapar hacia el Distrito Federal. Xóchitl alzo la vista hacia
Alejandro mirándolo fijamente tratando de recordar algo, o al menos esa
expresión parecía tener.
-Trajiste los discos? No quiero
andar por la carretera sin tener nada que escuchar más que tus tonterías de
ingeniero – tomo una almohada y la lanzo al chico que señalaba su maleta y una
mochila.
-Todo está listo para irnos a las
12 de la noche. –Alejandro miro su reloj para ver la hora y volvió asomarse
hacia la ventana donde había unos cuantos condenados comiendo cadáveres en la
calle y observo la tenue luz que daba el sol. –Y en lugar de dormir, tenemos que
repasar el viaje. Tardaremos bastante en llegar al Distrito y aún no sé nada de
mi familia, pero lo lograremos con tu sagrado cerebro –decía el chico mientras
hacia una reverencia mientras se reía- y tus técnicas de cómo romperle los hue…sos
a esos malditos condenados –dijo y se acercó a Xóchitl para ayudarle a doblar
un mapa. –Crees que en el DF este más
controlado conforme a los condenados? – Xóchitl dio un respingo y empezó a reír.
-Estás loco, verdad? Allá estará
peor. Quizá un poco controlado, imagino –dijo al ver el rostro de espanto de su
amigo – O sea, allá esta la central y debe estar mejor que aquí
El chico hizo una débil sonrisa y
fue a la habitación. Xóchitl pensó en que era mejor no tener esperanza y así no
llevar una sorpresa desagradable. Ella sabía que era perder a su familia,
aunque había corrido con la suerte de tener aun a alguien a quien aferrarse y
no darse por vencido. Su hermanita Abigail. Habían asesinado a su familia
cuando ellos regresaban de Celaya. La pequeña Abi de 8 años había visto como
unos condenados mataban a su padre y madre mientras ella y su hermano mayor huían
para no ser devorados por una horda de condenados que avanzaba hambrientos de
carne fresca.
Santiago, su hermano mayor se
había ido con el ejército de nuevo. Él era coronel y al no saber so volvería decidió
dejar a Abigail a cargo con Xóchitl. Así que solo eran ellos dos. Desde aquel
día no habían tenido noticias sobre él. Xóchitl fue hacia su habitación por las
últimas cosas faltantes. Santiago la había provisionado de armas al poco tiempo
del gran apagón. Camino por la habitación hasta la pared izquierda y retiro con
cuidado un poster de Lykke Li dejando ver un agujero del cual salía una cinta
azul. Xóchitl jalo con fuerza haciendo que esa pared falsa se desprendiese y
dejara ver armas exclusivas de la armada mexicana. Revólveres calibre .357
Magnum, pistolas calibre 9 mm, pistolas con sistema de ráfaga, escopetas de
calibre 18, tres bayonetas, y una bolsa con granadas. Empezó a reír al darse
cuenta que ahí estaba el gato de peluche que su hermano le había regalado
cuando tenía 5 años. Era gracioso que algo “inocente “estuviese custodiando
armas. Tomo el gato y lo arrojo a la cama, donde yacían dormidos Abigail y
Alejandro. Fue sacando las armas con cuidado y las municiones para cada arma
que tenía ahí. Sabia manejar todo ese armamento, su hermano había tenido la
amabilidad de entrenarla siempre que podía verla. Suspiro cargando las
escopetas para llevarlas a la sala. Dejo las armas sobre un sillón y fue a la
ventana. Bastantes condenados se reunían afuera. Habían acorralado a unas
personas y las estaban devorando. Tomo aire para no vomitar y volvió hacia la
habitación para ir llevando las armas. Abigail estaba despierta jugando con el
gato de peluche.
-Tenemos que irnos hoy, nita?
–pregunto la niña que tomaba otro suéter para abrigarse. Xóchitl sonrió
queriendo darle seguridad a su hermana.
-Sí, hoy nos iremos al Distrito.
Así que pon tus juguetes en tu maletita rosa para que nos vayamos –La niña se levantó
de la cama y fue a la otra habitación. Xóchitl se sentó en la orilla de la cama
empezando a llorar por no saber que más hacer para proteger a su hermana.
Alejandro se despertó y tomo su mano.
-Todo saldrá bien, tranquila.
Somos más inteligentes que ellos- Alejandro la jalo para abrazarla y ella sin
dejar de llorar se quedó dormida abrazada a la otra persona que tenía viva en
el mundo.
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